Pensando como Jesús sobre la discapacidad

¿Como abordar la discapacidad desde una posición que trata de seguir la estela de Jesús de Nazareth?

Nos basta con abrir el evangelio. Está plagado de ejemplos, alusiones, actos reales y directos de atención a las personas que muestran dificultades, limitaciones. Tan reales y directos que se consideran milagros. Y por si alguien lo duda, ahí está el “Venid benditos de mi Padre, porque…”. Alguien comentó una vez: «Hoy Jesús añadiría: ‘Ven bendito de mi Padre, porque yo no sabía cómo aprender a hablar y a leer, y tú me enseñaste’». Atender a las que hoy llamamos “personas con discapacidad” es, por tanto, el mandato más pertinaz y constante del evangelio; es un imperativo; es su leit motiv. Si esa discapacidad afecta, además al intelecto, a las capacidades cognitivas y adaptativas, es la vida misma de la persona y su proyecto de vida los que conforman su debilidad y la dependencia que desarrollan respecto a nosotros. Por eso nos urge tanto. Un creyente que no asuma esta realidad y la incorpore en su vida real está virtualmente apostatando de su fe. Esa es la razón de que resulten desgarradores los ejemplos de instituciones eclesiales que cierran sus puertas o limitan la acogida de escolares en sus centros educativos. Y por eso resultan tan luminosas aquellas otras que centran su ideario y su praxis en el servicio a los más débiles. No nos engañemos: no es cuestión de emociones sino de proyectos.